sábado, abril 28, 2007

La Última Cruzada... El Eterno Ritual de la Muerte

En la madrugada del viernes murió mi abuela, la mamá de mi papá, después de una semana de estar postrada y semiinconsciente en una clinica. Sus hijos, mi papá y sus hermanas y hermanos, la visitaban diariamente para hablar con ella y, supongo, para despedirse lenta y dolorosamente. Después del desenlace del día viernes, correspondía el día sábado el responso y el sepelio. Como nucleo familiar jamás tuvimos una relación cercana con la familia de mi papá; no hay una razón especial para ello, simplemente un dejarse estar y no hacer lo posible por acercarnos como parientes y personas... dificilmente nos veíamos una vez al año... a veces, ni eso. Cuando vuelves a ver a tus primos, cuando te das cuenta que ya no tienes 15 años, sino 30... entonces te preguntas: ¿Por qué cresta no nos juntamos nunca, sino para enterrar a alguien? Llegué como a las 15:00 a casa de mi abuela para el responso... ninguno de mis hermanos me acompañó: mi hermana no fue porque la supera el hecho de tener el cadaver de un ser querido cerca, mi hermano tenía que ir a buscar a su hijo y no queria que el día se convirtiera en lloriqueos y lamentos para su hijo. Me di cuenta del tiempo que había pasado desde la última vez que fui a esa casa cuando algunas de mis tías, al saludarme, no se acordaban de mi nombre; cuando vi a los hijos de Victor Hugo (el mayor de todos mis primos) ya con casi 16 años de edad; cuando vi a Karen (la menor de todos mis primos) con 24 años y tomando en cuenta que cuando la vi por última vez no alcanzaba a tener 12.
Fue un responso sencillo y cálido... Sus amigas del club de la tercera edad, rodeaban el ataud y rezaban con el rosario en la mano (a la vieja usanza... aquella que veía cuando niño, muy niño). Después de la última oración sacarón el ataud de la casa y comenzamos el eterno ritual de la procesión hacia el Cementerio Metropolitano. Un sol tibio y calmado nos acompañó en la caminata hasta la sepultura... tal como lo hicieramos 11 años antes cuando se fue mi abuelo. En esta ocasión algunas de mis primas escribieron una carta de despedida; en primera instacia debía leerla Víctor Hugo como el mayor de todos los nietos, pero el dolor era muy grande y no se creyó capáz de leer sin llorar... al final yo leí no solo la carta de los nietos a la abuela que partía, sino también la carta de una de sus amigas más cercanas, que tampoco podía controlar las lágrimas y la pena. No digo que no fuera un honor... pero si leí fue porque era el único que no estaba llorando la partida de mi abuela. Una vez que leí la carta y veía como descendía el ataud al sepulcro acompañado de lamentos y dolor, me pregunté por cuántas de las personas que conozco sería capaz de llorar en caso de muerte... la lista no superaba las 5 personas... Una triste muestra del insensible pragmatismo que ha sido uno de los rectores de mi vida durante los últimos 10 años.
Cuando la loza selló una vez más el último lugar de descanso de la familia Ibaceta, esperamos a que parientes y amigos dieran las últimas condolencias a los hijos de mi abuela... el viaje de regreso fue enmarcado por una maravillosa y áurea puesta de sol... tibia, reconfortante, amiga. Una once familiar con temas mundanos y risas sonoras me devolvió aquel sentimiento infantil de estar con esa parte de mi familia que alguna vez había valorado y que se perdió dentro de la poca tolerancia del mundo moderno. Conversé con mis primos y primas... les pregunté por sus vidas y por su pasar profesional y familiar... traté de ponerme al día de todo lo que había dejado de lado, pero era imposible, por supuesto. Mi papá y sus hermanos acordaron una gran fiesta de reunión familiar para el 9 de junio... veremos que pasa en esa fecha y si es posible volver a unir lazos de cordialidad y cariño.

Saludos a todos aquellos que pasen por aquí y lean.