Recuerdo que cuando era chico solíamos visitar a mis primas que vivian en Maipú, especificamente en Segunda Transversal. Estoy hablando de los años '80, cuando tomábamos la micro Cerrillos-Maipú que era verde oscuro con franjas blancas... cuando la avenida Pajaritos estaba flanqueada por chacras y canales que servían de regadío para las lechugas y otras hortalizas...Generalmente nos quedábamos hasta que nuestros papás y tíos veían el noticiero de las 21:00 hrs... luego la despedida escandalosa y la espera por la micro que nos llevaría de vuelta a casa de mi abuela en Independencia. Cuando volvíamos en micro ya era de noche y poca gente tomaba micro a esas horas; siempre nos ibamos sentados y yo rápidamente le ganaba la ventana a mi hermano. Toda una maratón solo para tener la oportunidad de ver como las luces de Santiago se veían a lo lejos mientras la micro se acercaba, por Pajaritos, al centro de la capital. ¿Lo mejor? Cuando el chofer apagaba las luces del interior de la micro y solo existían esas millones de estrellas a nivel de suelo que se acercaban lentamente a la ventana. Entonces era el momento de verme solo, rodeado de gente y de conectarme con alguna interna y perdida parte de mi consciencia que me conversaba de futuros improbables y vidas paralelas... cuando la conexión se volvía intensa y fluida solía cantar bajito con mi cara pegada al vidrio esperando que las luces jamás llegaran lo suficientemente cerca como para distinguir casas y edificios, pero sabía que eso sucedería tarde o temprano y aprovechaba de cantar todo lo que podía.
El domingo pasado fui invitado al cumpleaños de la mamá de Eugenia. Fue una invitación expresa de la Sra. María Jesús y no podía rechazarla, tal fue el cariño que me transmitió en esa corta llamada telefónica una semana antes. Fue una tarde calurosa y llena de risas y cariño familiar, un almuerzo contundente en experiencias y conversaciones mundanas, que nos permitió desentendernos un poco más del mundo que giraba allá afuera. Me fui de la casa de Eugenia a eso de las 22:00 hrs. para alcanzar el metro desde Plaza de Puente Alto hasta Grecia. El flujo de gente era bastante asi que me tuve que ir de pie todo el trayecto, pero no me importó... iba con mi cara pegada al vidrio de las puertas y viendo las maravillosas estrellas al nivel del suelo que me mostraban un Santiago entre una gris cordillera y valles vestidos de verde y café. Una vez más desee que el viaje no terminara... quería contarlas y pensar en las personas que vivían en cada una de esas luces, que cubrían prominentes laderas y forman curiosas avenidas de luz. Por un momento me olvide de lo que escuchaba en mi MP3 y comencé a cantar bajito la canción que cantaba de niño, cuando la micro nos acercaba al centro de Santiago y las luces se acercaban muy lentamente. Una canción que mi mamá nos cantaba para hacernos dormir por las noches y que siempre me pareció llena de magia y significados iniciáticos.
Era un arrullo antiguo de aquellos que tienen raices españolas y de las que solo se conservan contadas estrofas, pero que son suficientes para hacerte dormir lejos de cualquier peligro onírico:
A tu puerta hemos llegado
cuatrocientas en cuadrillas
si quieres que te cantemos
baja cuatrocientas sillas
dale, dale, dale
dale a ese carrito
dale, dale, dale
que ha nacido Cristo
Como brillaba la luna
como el sol del mediodía
a las doce de la noche
nació el hijo de María
dale, dale, dale
dale a ese carrito
dale, dale, dale
que ha nacido Cristo
San José era carpintero
y la Virgen costurera
el niño cogía astillas
para cocer el puchero
dale, dale, dale
dale a ese carrito
dale, dale, dale
que ha nacido Cristo
